DELGADO MAROTO NAVIA SANZ

MADRID: CAPÍTULO PRIMERO
Ignacio Álvarez Vara

Madrid limita al norte con dos grandes hospitales. En uno se nace en mansas oleadas. En el otro se suele morir. Por el norte entran ricas vías de agua, cierzos de invierno y brisas de primavera. El frente se compone del valle del Manzanares, a cuya margen izquierda se alza el bello somonte de El Pardo, donde vive el Rey, y de una serie de campas en escala que suben desde el río suave y sostenidamente: Lacoma, Peñagrande, Mirasierra y Fuencarral. Frente a ellas aparece en lontananza el cordón occidental de Guadarrama, escudo y pulmón. La escorrentía de los ríos da a la ciudad forma oblonga de mancha derramada y tirada de arriba abajo. Madrid parece desde el cielo un brochazo más largo que ancho. Al este de los hospitales del norte crecen las tristes campas de Sanchinarro y Manoteras. Por el nordeste entra en surco un denso manojo de vías férreas. Salvo los trenes del sur y tres ramales de cercanías, los demás arrancan de la matriz cenital de Chamartín, junto a los hospitales de la vida y la muerte.

Al sur Madrid limita con el curso bajo del Manzanares y los dos Villaverdes, el Bajo, pobre, y el Alto, no tan pobre. A este y oeste Madrid cuenta con enormes cementerios en constante actividad. El del Este, en la dirección del Mediterráneo, es verde y frondoso. Sus tapias de ladrillo neomudéjar fueron moda arquitectónica de principios del siglo XX. Los parajes abiertos de Hortaleza, Canillas, Barajas, Canillejas, Vicálvaro, Moratalaz y Vallecas se alinean en el frente oriental, el menos castigado por las guerras. Al oeste se encuentran las cotas de mayor altura, sin contar desde luego las del centro mismo de la capital, que fue en su origen villa acastillada. En el centro, surcado de toboganes, y en barrios señoriales o no, viven miles de funcionarios de tres gobiernos, embajadores, cortesanos de toda clase, médicos, abogados, industriales, financieros, fanáticos del fútbol, artesanos, artistas, estudiantes, menestrales y pedigüeños. Hay un soberbio Palacio Real, museos, bares, cafés, parques, algunos teatros, cines, escuelas, mercados viejos semiabandonados y florecientes almacenes sin ventanas. Y un tren subterráneo que enlaza los cabos de la ciudad como un búnker en ratonera. La mayoría de la gente vivía de alquiler antes. Ya no. Hay muchos árboles.

El oeste se define por dos grandes manchas: la Casa de Campo, parque inmenso donde se ejerce la prostitución al aire libre incluso en días rigurosos, y el municipio anexionado de Carabanchel en cuyo contorno se encontraban los más principales acuartelamientos de cuantos flanquean la ciudad. En Carabanchel estuvo el primer aeródromo de la ciudad. El nuevo se instaló al este, extramuros y sobrealineado con el agreste valle del Jarama. Pese a contar con millones de habitantes, durante muchas horas del año, Madrid parece una ciudad solitaria, pero no abandonada. Un hormiguero escondido y un panal de rica miel. La estampa de un raro paisaje en constante movimiento y atado por desordenados lazos y más lazos de asfalto.

 

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