DELGADO MAROTO NAVIA SONSECA

PROPUESTA DE RELECTURA
Constantino Bértolo

Y cruzaron las fronteras. Las aguas estrechas y las aguas anchas, el óxido triste de los telones de acero corroído, los mares agridulces de China, el perfil inmóvil de los Andes, los espejos negros del Sáhara, la punta de Tarifa que una vez más los reclama en derrota hacia los huertos de plástico del Levante. Doblaron en gesto de desespero Cabo de las Tormentas y Cabo de Maldita Esperanza. Rompieron en silencio mil Danubios en busca de sal y salario, y fortuna. Cruzaron los campos de quinoa, las hectáreas ajenas de la soja y el maíz, las praderías subvencionadas de la Europa satisfecha. Asaltaron el mortal alambre de espuma de las playas de roca y acantilado. El terror inquisitivo de aduanas y aeropuertos. Como gotas de lluvia, lentamente. Tozuda astucia de río que esconde su contrabando de agua.

Con la paciencia y el afán de una semilla ocuparon los espacios que la ley centrífuga del desarrollo urbano destejía en el callejero, cumpliendo la secuencia ritual de las invasiones silenciosas: una habitación, un portal, una calle, un barrio. Entre Antón Martín y Lavapiés las miradas ásperas y las lenguas africanas del Magreb. Hacia los Cuatro Caminos, donde otrora Pablo Iglesias soñaba con el paraíso socialista, las músicas y el descaro orgulloso de lo antillano. Entre los nichos estudiantiles de Argüelles los discretos ecuatorianos. Una nueva cartografía de tonos y acentos que alteraba el paisaje y rompía las narrativas urbanas anunciadas.

Si lo propio, se decía, de la gran ciudad es el anonimato, ellos no han renunciado ni a la comunidad ni a las señas de identidad. En un Madrid inclinado hacia la periferia de las áreas residenciales con zonas comunes privadas y protegidas -los guetos del bienestar-, han dado de nuevo uso y utilidad a los espacios públicos: las calles, las plazas, los parques. Lugares de encuentro, de intercambio, de nostalgia. En un Centro envejecido y jubilado otra vez el correteo de los niños, la pequeña tienda, los Todo a Cien, los restaurantes con vocación de geografía. Entre la pandemia de los móviles el reinvento de locutorios y cabinas. En la era narcisista del vídeo el orgullo de la foto de familia con estética de fotógrafo ambulante. Entre las marcas de alto diseño los escaparates con el lujo humilde y altivo de los trajes de primera comunión. Un Madrid que en su espejo se relee a sí mismo &endash;aquellos gallegos en Usera y Carabancheles de los años cincuenta, aquellos andaluces de Vallecas y Pan Bendito&endash; y se llena en eterno retorno de fragor y sentido.

Hay silencio y olor a madera mojada todavía en la mirada de los niños solitarios que hacen suyas las calles o en la niña que se asoma desde el lado triste del cristal transparente. Hay empeño de salir adelante en la madre que va de compras sin salir de su barrio. Hay desgarro tenue en los locutorios que rentabilizan la separación de voces y palabras. Han cruzado las fronteras con menguos equipajes. Acarreaban color, ruido, sueños, miedos recién estrenados, hipotecas y esperanza. Démonos prisa en reconocer en ellos deseos que alguna vez tuvimos. En una o dos generaciones se los tragará esta selva que estamos construyendo con sus manos baratas. Ya llegaron. ¿A qué esperamos congregados en esta plaza del Mercado?

 

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