LA CIUDAD DE COLOR IMPROBABLE
Manuel Rodríguez Rivero
No es Madrid patricia ni elegante. Quizás por eso su luz más propia, la que tanto ha fascinado a los pintores, haya que encontrarla en las horas vicarias: al amanecer, cuando la todavía llamada Villa se despereza con la melancolía y el bostezo de la ruralidad perdida, y al anochecer, cuando el colorismo fauve del mediodía se resuelve en falsos oros sin prestigio, y en una extensa gama de grises, sienas y pizarras que terminan encanallándose en su noche interminable. Una luz de entrehoras, de salir o regresar a la jornada, de prepararse para escenas de interior, de estar a punto, de marcharse.
José Manuel Navia ha entendido así su Madrid demótico y sine nobilitate. Por eso su mirada parece prendida en esa luz difusa de los colores improbables y de las atmósferas sin enigmas aparentes. Tan decididamente ajena a los cobaltos histriónicos y curruscantes del cielo velazqueño, como sentimentalmente cercana a la suave sinestesia con que susurran los granates de las fachadas neomudéjares, los grises galdosianos y ministeriales, el negro bituminoso de los tejados escurialenses, la nube rosa y contaminada con que la urbe señala su presencia desde lejos. Una mirada de atención flotante y vagamente fascinada por una ciudad que parece que siempre estuvo ahí, acogiendo con sorna a los que acuden a ella enfermos de triunfo imaginado, despidiéndose impasible de quienes, como escribió Gracián, de ella se marchan pobres, engañados, arrepentidos y melancólicos.
Un Madrid atenuado, diríamos, en el que sus gentes se dan también por supuesto. Escenarios congelados en una instantánea que se va a echar a andar instantes después de que el espectador prosiga su camino y ponga su interés en otra cosa. Luz de luz destilada para un Madrid tan lejos de la épica de ayer, cuando aquí se la jugaba el mundo (y perdió) en los clamorosos rojos y negros republicanos, como de aquella ciudad vetusta y gris, y "en estado de permanente posguerra", en la que predominaba un orden pleistocénico y cerril de tonos sordos, apagados, burocráticos, terrosos. Luz hecha de luces viejas y nuevas, de tecnologías de concreto y neón, de plástico y acero, de fibra sintética y tejido de arpillera.
El de Navia es un Madrid finalmente liberado de glorias estridentes y, por tanto, escéptico, maduro y sabio. Ya sin responsabilidad más que ante sí mismo: capital con muy escaso poder de decisión a quien nadie puede ya utilizar como pretexto, excusa o coartada de carencias y omisiones. Que asume su reciente mestizaje de mil rostros y se traviste con ropaje posmoderno sin escándalo ni orgullo. Que prefiere la vida a la leyenda. Que se ha psicoanalizado en el diván del tiempo y sabe que en el fin está el comienzo. Suponiendo que ambos existan y que no todo se resuelva en puro devenir sin altibajos.
Ese es el Madrid que yo prefiero, del que me voy de vez en cuando, al que regreso. El Madrid que no me dice nada, pero habla. El que está ahí dormido y se despierta. El que trabaja y huelga. El que no es de nadie y resplandece. El que se calla.

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