DESTINO, MADRID
Rafael Chirbes
Desde la ventanilla del tren detenido antes de entrar en la estación de Atocha, un niño contempla por primera vez ese paisaje. Hierbajos secos y cubiertos de escarcha, chabolas con los tejados de uralita, hogueras cuyo humo se confunde con la niebla y, al fondo, difuminados, los grandes edificios de la ciudad. Madrid, enero de 1957. Casi medio siglo más tarde, la triste calidad de aquella imagen y el olor como de goma quemada que expandía el humo y llegaba hasta el interior del departamento aún no se le han borrado de la memoria a quien entonces era niño, que también recuerda el ruido metálico del tranvía que bajaba por una calle en obras (seguramente, el paseo de las Delicias). Un hombre vestido con traje gris se apeó en marcha y una mujer gritó primero y luego se echó a llorar (me han robado, repetía). Los pasajeros hicieron un pequeño círculo en torno a ella. Miraban en silencio a la mujer que lloraba. Su tío, que había ido a recogerlo a la estación, le dijo: "Aquí, nadie conoce a nadie". Él había decido quedarse a vivir en Madrid, cuando salió de la cárcel tres años después de que acabara la guerra. Aquel mismo día, por la tarde, lo llevó a pasear al Retiro.
De aquella tarde recuerda las aceras grises, los desnudos troncos de los árboles y una niebla que fue pegándose a las farolas a medida que pasaban las horas. En el Retiro, el niño contempló los animales que se movían en el interior de las jaulas. "Dan pena", dijo su tío.
No. No me gustó Madrid aquella primera vez. Y, sin embargo, unos cuantos años después, decidí quedarme a vivir aquí. Por entonces ya había visto los grandes carteles pintados sobre las marquesinas de los cines de la Gran Vía, había bajado a los túneles del metro y había subido en el ascensor que horada el edificio de la Plaza de España para contemplar los tejados de la ciudad y la mancha borrosa del bosque de la Casa de Campo. A las afueras seguían extendiéndose los barrios de chabolas que olían a goma quemada. A veces pienso que decidí vivir en Madrid por razones muy parecidas a las de mi tío. Aquí nadie conoce a nadie. A un adolescente lo embelesa el espejismo de que el destino es algo que puede construirse desde las propias fuerzas y no desde lo que las circunstancias han, de antemano, decidido.
Vuelvo de vez en cuando a la estación de Atocha. Ha pasado casi medio siglo y me pregunto quién sería yo si no hubiera vivido aquí.

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