MAROTO NAVIA SANZ SONSECA

SOÑANDO CON MIES VAN DER ROHE
Ana Gurruchaga

Los madrileños llevan más de un siglo soñando con Mies van der Rohe sin saberlo. Aún antes de nacer el propio Mies gentes como Larra ya fantaseaban con un Madrid sencillo, elegante y culto, en el que tuviera cabida no sólo la rotundidad hispánica sino lo apenas sugerido.

Para sobrevivir, los hijos de aquellos románticos que soñaron con derribar los Pirineos, aprendieron a utilizar sus ojos como lentes de microscopio o de cámara fotográfica: encuadrar con acierto, limpiar el enfoque de lo que estorba o distrae, divertirse con la distorsión de lo que se mira. Ellos son los que nos han acostumbrado a levantar la vista al cielo, a saber caminar por nuestras ciudades, a cruzar nuestras plazas, a echar a andar por una calle y no por otra, a detener los ojos un instante en las vitrinas de los escaparates, a pasar la vista distraídamente por los remates de ciertos edificios recortados contra el cielo; a reconocernos en algunos objetos abandonados que se nos presentan, de pronto, misteriosamente cargados de vida. Hemos aprendido a aislar una parte de otra: una parte de un cuerpo, de un edificio, de una escalinata… Partes de algo. Momentos de una vida; como si pudiéramos elegir sólo un año. Uno sólo. O nada más que un día o una tarde. O incluso menos aún, la visión de un instante que no hemos podido olvidar nunca. Partes sueltas. Vidas sueltas. Piezas que no encajan unas con otras, porque todas son distintas y ninguna sabe del secreto de la otra y, además, no importa.

¿Qué vida imaginamos como posible en esos reductos cuidadosamente elegidos? ¿Quiénes son las personas que se cruzan por esos espacios? ¿Qué ocultan? ¿En qué piensan mientras suben y bajan en ascensores silenciosos sin hablarse? Y la mano cubierta por su guante, que apenas roza la barandilla de la escalera mientras baja ¿qué cuerpo acariciará cuando por fin descanse?

Nuestra vida, en gran parte, sucede entre espacios arquitectónicos. Es la escenografía en la que ocurre el gran teatro del mundo, como muy bien entendieron los artistas italianos; pero también lo es de lo más íntimo y secreto de lo que somos, como calladamente observaron los holandeses. Ventanas, azoteas, avenidas, miradores, escalinatas que han sido testigos de la Historia, y de misteriosos instantes de felicidad, amor o espanto.

A través de los cristales de algunos de los edificios de la calle de Alcalá, desde los que se contempla el arranque de la Gran Vía, se percibe otro sueño de modernidad madrileña, esta vez con ilusión de Nueva York. Es lo que fue en su día la Gran Vía de los cocktails, de los joyeros, y de los cines. Allí estuvo la casa Balenciaga de Madrid. Un taller-laboratorio de esculturas, hoy ocultas en armarios cerrados.

Unido a la casa Balenciaga conservo la emoción de un momento que viví cuando tenía siete años. Sucedió en la penumbra de la escalera, cuando apenas había recorrido el primer tramo. Recuerdo perfectamente el estar subiendo muy despacio, agarrada a la barandilla y procurando pisar sólo con la parte de delante del zapato para dejar al aire, fuera del peldaño, la parte del tacón, como hacían las señoras con sus tacones de verdad. Entonces se oyeron unas voces que hablaban en inglés, apenas un susurro en el que distinguí la voz de mi madre. Me quedé completamente quieta en la semioscuridad de la escalera, escuchando; primero las voces y el sonido de las portezuelas del ascensor al cerrarse y luego el portón de hierro. Ya bajaba. Entonces la penumbra de la escalera se llenó de luces y de sombras sugerentes que atravesaban las paredes, el mármol del suelo, el techo, mis piernas, mis manos, todo lo visible, en un efecto parecido al de las cámaras estenopeicas, y que eran los reflejos que la propia luz del ascensor producía al rebotar en el espejo de la cabina iluminada que iba cayendo poco a poco y que estaba ya a punto de pasar delante de mis ojos. Primero la parte de madera, antigua y bien cuidada como la de un violonchelo y, en seguida, el cristal, que permitía ver quién iba dentro. Recuerdo el movimiento del ascensor al bajar, en aquella escena que estaba sucediendo a un ritmo extraño, como el de la respiración de los sueños. Por un instante nada más, lo único que vi, entre el humo del cigarrillo de una mujer que bajaba, fue el pliegue de la manga de un chaquetón rojo. Pero el recuerdo del pliegue, que se formaba junto a la costura recta de la manga al doblarse el brazo por el codo, está deformado por las fotografías de Kublin, Bert Stern, Irving Penn y Henry Clarke que luego he visto reproducidas en un libro editado por Rizzoli. Aquel pliegue del chaquetón rojo fue lo primero que vi de la persona que bajaba en el ascensor, un primer plano como los de los fotógrafos del libro de una elegancia perfecta. Entonces ella, al apartarse el guante de la cara, giró la cabeza, me miró, y desapareció. Casi inmediatamente la escalera recuperó su penumbra. Era Ava Gardner.

Muchas veces he tratado de reconstruir la escena tal y como la viví entonces, despojando la visión de lo que luego he sabido, concentrándome sólo en la fuerza misma de lo que sucedió en aquel momento emocionante, sin superponer a la imagen de la mujer del chaquetón rojo ni las fotografías, ni las muchas veces que he visto a Ava Gardner en el cine, ni la voz de Frank Sinatra cantándome al oído .

Tardé muchos años en poder contarlo bien. Primero porque lo que había visto no tenía unos límites precisos, sino difusos y misteriosos, y, sobre todo, porque me daba miedo que no se entendiera del todo. No era cosa que se le pudiera decir a cualquiera.

-¿Sabes lo que te diría Cézanne?-, me preguntó mi padre cuando se lo conté, "que aquel instante fue un momento de tiempo pasando."

Nos quedamos mucho rato en silencio y, mientras veíamos caerse las hojas de los árboles en el suelo, creo que los dos pensamos que aquel instante, aquel momento de tiempo pasando, no íbamos a olvidarlo nunca.

 

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